Esa mujer artista a la que llamaron “vaca”

Una exposición reivindica a creadoras orilladas en los años del surrealismo, un movimiento presuntamente liberalizador

Peligro, zona en construcción, de Kay Sage, obras de la muestra del Museo Picasso de Málaga. 

Peligro, zona en construcción, de Kay Sage, obras de la muestra del Museo Picasso de Málaga

Las artistas que trabajaron en los aledaños del surrealismo no lo tuvieron fácil. Muchas de ellas, auténticas transgresoras, fueron, básicamente, orilladas —y en ocasiones, ridiculizadas— por sus compañeros de viaje. El movimiento surrealista empuñó en los años veinte la bandera de la liberación de la psique, del fin de la represión de los deseos, idealizó a la mujer, sí; pero su afán transgresor no fue mucho más allá. Y menos en cuestiones de género.

El 9 de febrero de 1928 se estrenaba en París la película de Germaine Dulac. El guionista, Antonin Artaud, consideró que el filme desfiguraba su texto. El día del estreno, acudió a la proyección acompañado del pope del movimiento, André Breton, y del poeta Louis Aragon. Insultaron a la autora. “¿Qué es la señora Dulac? Es una vaca”, gritaron.

José Jiménez, catedrático de Estética y Teoría de las Artes de la Universidad Autónoma de Madrid, recupera este episodio para reflejar la profunda contradicción que encerraba un movimiento de pretensiones liberadoras que, sin embargo, tan mal consideró el trabajo de las féminas. Filósofo de formación, ex director general de Bellas Artes entre 2007 y 2009, Jiménez es el comisario de Somos plenamente libres. Las mujeres artistas y el surrealismo, exposición que desde hoy y hasta el 28 de enero se presenta en el Museo Picasso de Málaga. La muestra reivindica el papel de las creadoras que intentaron desarrollar su carrera bajo la alargada sombra de los Breton, Ernst, Buñuel, Magritte y Dalí.

Compuesta por 124 obras recabadas en museos de Nueva York, San Francisco, Londres, París y Estocolmo (entre otros), compila trabajos de 18 artistas de las más distintas procedencias, entre las que se encuentran Meret Oppenheim, Toyen, Leonora Carrington, Frida Kahlo, Dora Maar y Maruja Mallo, con conexiones más o menos cercanas al movimiento que reivindicaba una expresión artística basada en el automatismo psíquico puro.

Los surrealistas veían en la mujer a una musa, a una eterna adolescente, a un objeto sexual. “Le negaban la capacidad de ser sujeto”, asegura Jiménez, que en 2013 comisarió El surrealismo y el sueño para el Museo ­Thyssen-Bornemisza. “Fue un movimiento muy machista”, certifica Estrella de Diego, miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que se muestra muy reacia a la utilización de la etiqueta de Mujeres surrealistas: “Tienen poco en común. Etiquetarlas así es una forma de desactivarlas, como hizo Breton. Ahí estaba la trampa; les dejaban entrar, les hacían creer que tenían un hueco, cuando en realidad estaban construidas a su imagen y semejanza”.

Las artistas que desarrollaron sus carreras en el contexto del surrealismo hicieron un ejercicio de autoafirmación en clima adverso. No eran tiempos favorables para dedicarse al arte siendo mujer. Había que ser muy libre. Casarse significaba ocuparse de la casa, formar una familia; en ocasiones, renunciar a una misma. Muchas de ellas llevaron una existencia nómada; no lo tenían fácil en ningún sitio. Eran espíritus libres.

 

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