Bernini nunca abandonó Roma

Detalle de «Apolo y Dafne», de Bernini

Detalle de «Apolo y Dafne», de Bernini

Roma celebra el 20 aniversario de la reapertura de la Galleria Borghese con una exposición dedicada a Gian Lorenzo Bernini(1598-1680), el último de esos genios que hicieron de Italia el corazón artístico de Europa durante más de 300 años. No sólo fue el gran escultor del XVII; también fue arquitecto, pintor, autor dramático y, sobre todo, el director de la Roma papal, la mayor muestra de urbanismo jamás ideada.

Bernini sirvió a ocho papas. En el siglo XVII, el poder de éstos era descomunal. La Iglesia, a pesar de haber perdido parte de sus territorios, obtuvo una sensación de triunfo después de salvar de la herejía al dogma católico. Los nuevos papas transfirieron el deseo de poder a un imperio espiritual. San Pedro del Vaticano fue su obra, y Bernini su maestro durante 57 años. Cuando el joven escultor, que no había cumplido los 30, recibe el encargo de Urbano VIII para completar San Pedro, acepta una hazaña superior a la sustitución de las Torres Gemelas voladas en Nueva York en 2001.

A la colección del cardenal Scipione Borghese, que da nombre a la galería, se han unido casi todas las pinturas que se atribuyen a Bernini. Están, además, sus dos Crucifixiones frente a frente, ambas en bronce y ambas fuera de Italia: la de El Escorial y la de Toronto. Pero sobre todo, están sus más grandes bustos: la primera y segunda versión de Scipione Borghese y el de Constanza Bonarelli.

Además de su talento ejecutor, Bernini tenía el concetto, la idea, metida entre las sienes. Daba igual que fuera una ópera o una plaza. Uno de los concetti que le obsesionaron era retar a los materiales, sobrepasar sus límites: forzar la blancura del mármol hasta que pareciera de color. Se inventaba melenas furibundas, manos de dioses que se hundían en la carne de una ninfa, lágrimas, barbas revueltas, trabajadas por el trépano… De manera aún más ambiciosa, dotaba a la piedra fría e inanimada de calor, movimiento y vida.

En el prólogo de Alejo Carpentier a El amor a la ciudad, leemos: «Andar una ciudad es desandarla, deconstruirla y mirarla hasta que ceda sus misterios». Esta exposición ofrece una emocionante segunda parte: descubrir a Bernini paseando Roma tras los éxtasis de las santas en las capillas de las iglesias, en el bronce robado a la fachada del Panteón para construir su Baldaquino; en las abejas, emblema heráldico de los Barberini, que cubren dioses mitológicos y monumentos funerarios; en sus fuentes con Neptunos saliendo de conchas, o con elefantes cargando obeliscos…

Y, en fin, en la Piazza Navona. El cardenal Giambattista Pamphili estaba en 1644 en su casa de esta plaza cuando fue elegido Inocencio X. Hubo muchos comentarios sobre su deseo de no trasladarse al Vaticano. Tenía horror a ese lugar lejano del otro lado del Tíber. La Piazza se levanta sobre el Circus Agonalis, el estadio de Domiciano. Inocencio X decidió dar un impulso a su ya poderosa familia: agrandar su palacio y redecorar su plaza. Bernini fue el elegido y empezó a cincelar La Fuente de los Cuatro Ríos. Desde su ventana, el papa supervisaba el trabajo, veía crecer la palmera doblada por el viento, el coloso del moro, símbolo del Nilo, la roca que un empecinado Bernini quería sacar del suelo para luego horadarla y hacer que, como por arte de magia, sujetara el obelisco…

Extracto del original en ABC.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s